Lo que no funciona en “La libertad del diablo” de Everardo González

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Luis Fernando Gallardo León

30 de Marzo de 2018

Estuvo en cartelera y se mantiene en salas de arte y cineteca “La Libertad del diablo” de Everardo González, un buen documentalista. No obstante, me parece que ésta es la más floja de sus películas documentales. Hay un extravío severo en torno al documental en México (y quizá en el mundo) en torno a principios muy básicos o esenciales, como explicar las preguntas clásicas: ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Etcétera.  Lo que podríamos llamar “dos pesos de contexto por favor”. Pues nos hace falta en “La libertad del diablo” y en una gran cantidad de documentales que se producen actualmente.

Los realizadores mexicanos parecen haber nacido sin contexto y si uno les hace un sencillo cuestionario podrían decir cosas como: ¿Cómo te llamas? “No sé”; ¿Quién eres? “Nadie”; ¿Qué quieres? “Nada”. Y luego plasman eso en sus películas, películas totalmente desorientadas. Lo que ocurre con los entrevistados de Everardo González al despojarlos de contexto (y personalidad), es aplanarlos: son muñecos de paja. Al grado que algunos de los testimonios me parecían francamente actuados. Recreados, leídos.

El director puede acusar que el contexto está en nosotros. Pues todos sabemos los hechos ocurridos en la fallida y fracasada guerra contra el narco de Calderón y el triste continuismo de Peña Nieto. Pero cimentar una película en un contexto sobreentendido achica la película, la vuelve microregional, microhistórica, y eventualmente microscópica. Pues el espectador de China o de Nueva York que no éste bien informado respecto a México, no va a entender nada. O sea, el espectador común. Los espectadores del mundo no tienen obligación de conocer la historia de México. Y en treinta años, cuando la nueva generación de niños sean jóvenes o adultos, tampoco entenderán nada.

¿Por qué filmar un documental, cuya quintaescencia es precisamente la DOCUMENTACIÓN de hechos históricos, sin dicha DOCUMENTACIÓN, y por lo tanto sin contexto? ¿Por qué? La única documentación la aportan testimonios de personas anónimas, que podrían ser actores.  Al final, ni siquiera importaría, pues carecen tanto de peso de realidad que sería lo mismo. Son de todas formas marionetas al servicio de la “libertad del director”, la única “libertad del diablo” que puede verse en la película.

Porque Everardo renuncia a los recursos del documental, por estilo o sea por estética. Y así achica la película, más y más.

El director le pone una máscara a todos sus entrevistados, y a todas las personas que aparecen en cámara. Esta “ocurrencia” que refleja su metáfora de que todos somos humanos, víctimas y sicarios, lo único que logra es despersonalizar los testimonios, que al mismo tiempo, tienen un tono uniforme, todos hablan al mismo ritmo, casi de forma idéntica, con nulas variaciones dialectales o regionales, lo que favorece un ritmo monótono, y despersonaliza más a las personas que rinden su testimonio como si declararan frente al Ministerio Público. Él trataba de humanizar a todos, pero los despersonaliza y por lo tanto los vuelve objetos al servicio del director y no personas vivas, con experiencias límite. En la antípoda estilística no podemos menos de recordar y admirar la técnica de entrevista de una película como “Shoa” de Claude Lanzmann.

El ritmo monótono y el esteticismo vacío se acentúa en largas partes visuales, fríamente musicalizadas, que parecen atisbos de contexto sin llegar a serlo, resultan al final tediosa obcecación del director con su recurso estético.  La bella fotografía de María Secco, lo único que yo destacaría de la película, apoya el discurso del director con escenas ligeramente subexpuestas que le dan un tono sombrío, adecuado al tema, pero estéticamente artificioso.

Los mexicanos que quieren hacer arte cinematográfico se avienen mal con el contexto, esa hermosa película “Cabeza de Vaca” de Nicolás Echeverría, requería unos cuantos letreros aquí y allá para que uno entienda quiénes son los personajes, en donde se encuentran en cada momento, las elipsis de tiempo, etcétera. Pero no, es una película absolutamente incomprensible por decisión estética. Siempre he considerado esto un error. Más en un documental.

Cuando les enseño a mis alumnos las funciones del cine, y vemos entre ellas la función de informar, críticar o denunciar una realidad, entretener, y muchas otras, incluso la estética o la del cine como objeto de arte; queda claro que una película puede cumplir todas estas funciones simultáneamente. Es decir, puede ser muy crítica o de denuncia plenamente, informativa y entretenida a la vez, si le sumamos la cuestión artística tenemos obras muy completas en varios planos de lectura. Algunas ficciones mexicanas de la guerra contra el narco cumplen mucho mejor varias de estas funciones, pienso sobre todo en “Miss Bala” de Gerardo Naranjo, y en la serie de Univisión y de streaming  “El Chapo” (que indudablemente debe ver en Netflix) de Ernesto Contreras como piezas muy destacadas, de este momento histórico tan terrible para el país.

“La libertad del diablo” se centra fundamentalmente en su autismo estético. Es un cartón, al servicio de una metáfora que se agota en segundos, una película vacía, fría y cerebral. Acrítica y artificiosa.  Tristemente es un documental de nuestro tiempo.

ADENDA

Los problemas del documental de nuestro tiempo son muy bien analizados en el libro del maestro Carlos Mendoza “Avatares del documental contemporáneo” editado por la UNAM y el CUEC, se consigue actualmente en librerías. Mendoza examina críticamente los problemas que afectan las nuevas tendencias documentales, por ejemplo lo que él llama “la estética de irrelevancia” en el apartado que dedica al tema documental y posmodernidad escribe el maestro:

“Vale señalar, en ese sentido, que la no ficción vanguardista auspicia, frecuentemente, temas que no aspiran a ser de interés público; a protagonistas socialmente disgregados y aislados de su contexto. Hombres y mujeres que, frecuentemente, son presentados en situaciones que se desentienden de su entorno y motivaciones. Nos referimos a películas que exaltan el individualismo como negación de lo social, de lo colectivo, y reniegan de valores como la solidaridad y otras cualidades comunitarias, incluso de la racionalidad. De ahí, por ejemplo, el impulso al cine doméstico y la exaltación de «la estética de la irrelevancia» (…) la exaltación de lo individual o el énfasis en la psicología que suprime la ideología” Pag 60.

Y ahí ésta retratada “La libertad del diablo”.

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