Batallas íntimas de Lucía Gaja y los discursos de la transmodernidad

742

Luis F. Gallardo

01/12/2017

Una colección de relatos de terror, en formato documental: mujeres violentadas a niveles inefables por maridos violentos e incluso criminales, psicóticos, inhumanos. Una brutal puesta en cámara que narra la pandemia mundial de la violencia de género, radicalmente conmovedora. Experiencias al límite del feminicidio, donde la muerte parecía mejor destino que las sendas tortuosas de la vida postraumática, postmatrimonial, postsuperviviente.

La violencia de género es un tema nodal de nuestro tiempo. Ya habíamos visto este mismo año Cada 30 horas de Alejandra Perdomo, pero no hay que equivocarse: lejos de constituir un tópico estas películas son verdaderos instructivos de salvación. Salvavidas cinematográficos que despiertan conciencia y proponen soluciones sociales urgentes y necesarias. Y es eso, una película urgente y necesaria.

No obstante “Batallas íntimas” de Lucía Gaja si tiene una singularidad, una peculiaridad única:   es un testimonio mundial. Filmada en México, en la India, en Finlandia, en España, en Estados Unidos, con mujeres de todos estos países, y con traducción a todos estos idiomas para una estrategia de exhibición multinacional; focaliza la transculturalidad del problema, su globalidad. Es al mismo tiempo una película ensamblada con secuencias paralelas de vidas paralelas, en diferentes paralelos y meridianos, pero también y mucho más importante desde la especificidad cultural. Es al mismo tiempo regional y universal: decía Unamuno que la única forma de ser profundamente universal era siendo profundamente regional. Globalizar lo específico de la alteridad y desde la alteridad, siguiendo el pensamiento de Enrique Dussel.

Se ha dado nombre a este nuevo paradigma mundial: transmodernidad. Se trató ad nausea la posmodernidad como el desgranamiento de los grandes paradigmas ideológicos, aunque en realidad de uno: la vía comunista. Y eventualmente de otro: la gran estafa capitalista. El mundo ésta hecho una mierda por gracia del monismo capitalista. No es que el mundo comunista fuera mejor, se sabe. Pero entonces: ¿Qué nos queda? Desde la posmodernidad solo la desilusión y la disolución; y por esa vía la extinción.

Pero algo si ha cambiado al mudar de siglo: avisorado desde hace años por Marshal MacLuhan,   la idea de aldea global que ya es hoy un lugar común, pero su programa eficiente es la transmodernidad. Hay una red planetaria real, actante, activa, que participa en todo tipo de problemas locales para encontrar soluciones globales: migración, sustentabilidad, transparencia, tolerancia, equidad de género, combate a la trata, a la corrupción, a la desigualdad; avances en gestiones jurídicas en derechos humanos y hasta en derechos animales. Participación ciudadana palpable y palpitante, ocupada y preocupada por lo regional y por lo global a la vez, solidaria. No es un optimismo utópico e ilusorio: es un optimismo operativo y eficiente, incluso cuantificable.

De ahí que dos muchachos chilenos, Rodrigo Saez Molina y María José Martínez-Conde Fabry, filmaran un documental sobre el elefante asiático en Asia,  Los elefantes no pueden saltar. ¿Por qué dos chicos chilenos se meten en asuntos de países asiáticos? ¿Y por qué no? Todos amamos a los elefantes, africanos y americanos, asiáticos y europeos. ¿Qué decir del problema de la violencia de género? Es igualmente universal. Y nos importa, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestro país, y en el mundo. Son pues estos los nuevos discursos de  la transmodernidad, entendida como un programa.

Y es Batallas íntimas de Lucía Gaja esta gran pieza de arte transmoderno, documental, histórico, testimonial, terapeútico, social, desde la alteridad o desde las alteridades, incluso cinematográficas: en medio de los trasatlánticos de la taquilla, ligas de la justicia, guerras estelares, es el pequeño velero que conduce el fuego de la esperanza. Pocos vislumbran el velero, cierto. Pero ahí ésta. El lucero de Lucía.